lunes, 23 de noviembre de 2015

The Whisper: Capítulo 8

El timbre de llamada del móvil saca a Emily de sus pensamientos. Está tumbada sobre la cama de su habitación en el piso de arriba. Mira la pantalla, es Tom.

— Habías quedado en llamarme.
— ¡Hola tio bueno!
— ¡Hola pelirroja!
— Bueno, en realidad no estás tan bueno.
— Bueno en realidad no eres tan pelirroja.
— En realidad si— contesta Emily.
— ¿En realidad si estoy tan bueno?
— No memo, que en realidad si soy “tan” pelirroja, así que ándate con ojo, ya sabes que las pelirrojas de ojos verdes teníamos fama de brujas en la edad media.
— Bueno, me arriesgaré a que me transformes en algo.
— En un tio bueno, por ejemplo.— Responde Emily entre risas.
— Ja, ja, ja. Bueno, ¿vas a venir al rodeo?.
— Ya sabes que no me gustan.
— Pero es tarde de viernes, estamos de vacaciones, no vas a quedarte ahí, ¿verdad?.
— Vaaaale, me acerco un rato, nos vemos allí a las siete y media.
— ¡Perfecto, hasta luego, te quie..— Emily cuelga entes de que Tom termine la frase.

No es que no lo quiera, pero le cuesta todavía decirlo. Llevan tres meses saliendo, desde Navidad. Tom se lo pidió la noche de fin de año, en una fiesta en casa de Rick, un chico del instituto. Tal vez fue el ponche, tal vez que le pilló con la guardia baja por el ambiente de la fiesta y la entrada del año, o porque en realidad era algo que en realidad si estaba deseando que sucediese, pero le dijo que si, y se besaron. Al día siguiente pensó en cortar. Pero por primera vez Emily, la decidida, la irónica, la independiente, tuvo la sensación de que hacer lo que le dictaba la razón no era lo que en realidad quería. Así que siguieron saliendo. En realidad Tom no era para nada lo que a primera vista podía parecer. Era tierno, y cariñoso, y se quedaba extasiado escuchándola hablar, o reparar la camioneta, o simplemente mirándola. En privado, porque en público y sobre todo cuando estaban cerca sus compañeros del equipo de fútbol parecía otro. Entonces era el chico algo fanfarrón, que va de duro, que se sabe guapo, y que lidera el grupo. Esa parte no le gustaba tanto, claro, que también la abrazaba delante de todas esas chicas que nunca la habían querido dejar entrar en su círculo, y en esos momentos Emily sentía que era especial.  

—¡Porras las siete y diez, grita desde su cuarto! 

Emily baja las escaleras de dos en dos escalones y entra en la cocina con el pelo aun mojado de la ducha.

—¡Abuelita, me marcho, he quedado con Tom!
— Tu abuelo ha dicho que era mejor que te quedases en la granja después de lo hoy.
— Lo sé. Pero Tom ha insistido mucho y si no voy va a empezar a extrañarse de que no salga estando en el inicio de las vacaciones. Además no he vuelto a sentir nada, lo que quiera que fuese no ha vuelto.

Da un beso a su abuela y sale antes de que pueda decirle algo más.
Fuera se oye a su abuelo en el granero trabajando en la tarima, clavando con la pistola de aire comprimido. Mejor no le dice nada. va hasta la camioneta, arranca y sale a toda velocidad por el camino que lleva a la salida de la granja.

A las siete y veinte  está entrando en la ciudad. Bueno, Checotah es más bien un pueblo de poco más de 3000 habitantes en el cruce de la 69 y con la ínterestatal 40 que lleva al oeste a Oklahoma City y al este a Nashville. El Rodeo Arena queda al final de la avenida Gentry. A las 7:35 Emily aparca en la explanada atestada de coches. Hoy hay final de las series semi profesionales, algo al parecer muy importante para todos, excepto para ella. El móvil vibra, es un mensaje de Tom diciendo en que asientos están.

Emily los localiza, tras abrirse paso por la grada entre un mar de tipos con sombreros de cowboy y botas que gritan a un chico que trata de mantenerse sobre un toro del tamaño de un camión de bomberos y que no para de saltar y bramar.

—Uno, dos, tres, cuatro, Ohhhhhhhhhh— vocifera el público.
—Bien, ya estás aquí— le dice Tom desde su asiento, echándose a un lado para dejarle sitio.
— No se mucho de esto, pero apostaría a que cuatro segundos no es el récord mundial de doma, o como quiera que llaméis a eso— dice Emily con ironía.
— Bueno, el chico es un rookie, bastante que no se ha partido el cuello— le dice Rick riendo.
— ¡Hola Rick, hola Megan!
Megan es la novia de Rick, pelo castaño, cara afilada, muy guapa y con una buena delantera. Es una de las chicas que siempre la ignoraron en el instituto, y aunque nunca le ha preguntado a Tom, probablemente se enrolló con él antes de ser novia de Rick. Ahora como es ella la que sale con Tom de repente quiere que sean amigas, ¡Ja! Emily se sienta junto a Tom que le pasa el brazo sobre el hombro.
— Al final has venido, me alegro, y le da un beso.
— ¡Eh! Iros a un hotel— bromea Rick— vais a desconcentrar a los chicos del rodeo.
Tom le da un empujón en el hombro y se ríe. Rick es su mejor amigo, también es jugador del equipo de fútbol del instituto. 
Tras media hora de vaqueros intentando aguantar sobre un toro, cosa que algunos han conseguido, ahora el espectáculo va de atrapar a un ternero con lazo, a caballo. A Emily le parecía que al menos en el otro modo el toro es el que lo pasaba mejor, aquí apenas tiene posibilidades.
Se abstrae del espectáculo, y se deja caer sobre el hombro de Tom, que se lo pasa en grande. Podía haber cambiado su sitio con Rick y sentarse junto a Megan, pero no le apetece, prefiere estar con él. Con Tom se siente diferente. Es algo que nunca pensó que pasaría, bueno si, algún día suponía que tendría pareja, pero no en este instituto, ni en Checotah. No es que no hubiese salido con chicos. Si, un par de ellos, uno con quince años, que duró exactamente una noche y una mañana, que es lo que transcurrió desde el baile del colegio un sábado que Johnny Douglas la sacó a bailar y la beso, y ella sintiese que estaba enamorada como ninguna otra persona en toda la historia había estado enamorada, y la mañana del domingo cuando fue a ver a Johnny al partido de beisbol y el la ignoró, como si se avergonzase de tener novia delante de los demás chicos. Fue su primer beso, su primer amor, y su primer desengaño. Al idiota de Johnny Douglas no volvió a dirigirla la palabra y decidió que no tendría novio hasta los veinticinco, por lo menos. Luego ese verano, conoció a Peter. Era un año mayor que ella y ya iba al instituto. Era de Florida pero estaba en Checotah con unos tíos, porque sus padres se iban de viaje a Europa dos semanas. Salieron esas dos semanas. Pero no podía decir que estuvo muy enamorada de él. Aunque Peter si lo estaba de ella. De todas formas lo pasaron muy bien, fueron al cine varios días, pasearon y charlaron, pescaron en el lago, tomaron batidos, montaron en barca. Los quince días volaron, y para sorpresa de los padres de Peter cuando regresaron, que lo habían dejado contra su voluntad en — según Peter — “El fin del mundo”—este estaba encantado y quería quedarse. Pero no podía ser, tuvo que volver a su casa y allí acabó su historia con Emily. Y ahora estaba allí con Tom, que había aparecido en su vida el último curso de instituto, cuando no lo esperaba. Ni a él, ni a nadie. 
Al principio pensó que sería como con el idiota de Johnny Douglas, que Tom se avergonzaría delante de sus compañeros de equipo de que lo viesen con ella, que no era ni la más guapa, ni la más alta, y que no llevaba top crops, ni tacones, ni se maquillaba para ir a clase, y que cortarían al día siguiente. Pero no, al contrario, Tom se comportó desde el principio con la mayor naturalidad, como si hubiesen estado juntos desde siempre. Ser el Quarterback del equipo del instituto es casi un titulo nobiliario, y nadie, aunque pensase que no pegaban juntos, iba a a atreverse a decir nada. Así que Emily pensó que aquello sería tal vez como con Peter, una compañía agradable pero breve. Pero no, no había sido breve, ya llevaban tres mese y tenía visos de durar... bueno, de durar más. ¿Hasta cuando? Emily pensaba que como mucho hasta el final del verano. Entonces Tom se marcharía a la Universidad. Con su palmarés deportivo conseguir una beca era algo cantado. Y ella se quedaría estudiando en Checotah, en la Escuela de Grado Medio, algo que tuviese que ver con electrónica o informática, y ahí se acabaría todo. Tal vez por eso a Emily le costaba utilizar palabras como novio, y decirle “Te quiero” sin cierta resistencia. No es que no lo quisiese, mucho, estaba enamorada, pero si esto tenía fecha de caducidad iba a intentar minimizar el daño.

— Wow, ha estado genial— dijo Tom sacándola de sus pensamientos.
— Si, genial, estos tíos son de lo mejor— asintió Rick—¿vamos a tomar algo?
— Yo tengo que volver a la granja.
— Oh vamos Emily, algo rápido, me muero de hambre.
Emily miró el reloj, eran casi las nueve. No quería que sus abuelos se preocupasen después de lo que había pasado hoy.
— De verdad, no puedo, prometí volver pronto.
— Venga Emily, que estamos de vacaciones, insistió Tom.
— Vale, algo rápido. 
—¿En Denny´s?
— Por mi perfecto Rick— dice Tom, mirando a Emily, que asiente.
— Yo voy en mi camioneta, por si se hace tarde y tengo que volver la granja.
— Voy contigo y luego Rick y Meg me acercan a casa en su coche.

Danny´s está en el cruce de la Avenida Gentry con la 69 que va a Tulsa. Es un restaurante de hamburguesas y sandwiches de muchas clases, aunque los favoritos de Emily son los smoothies de cuatro frutas y las tostadas francesas que sirven para desayunar. Mientras ella conduce Tom pone la radio, suena “Wasted”.

— ¡Carrie otra vez!
— No puedo creer que no te guste.
— Claro que me gusta, me encanta, y “Wasted” es de mis favoritas, pero es que Carrie suena a todas horas en este pueblo y la verdad, si no me dosifico acabaré cogiéndole manía.
— Ya, pero no me tortures con Green Day.
— Busca otra emisora.
El dial de la radio se llena de ruido mientras Tom trata de sintonizar otra cosa. 
— Ya podías instalar una radio más moderna.
— Esta me gusta, y además es la original de la Chevy del 80.
Por fin Tom consigue sintonizar otra emisora. “Wake me up when september ends” suena en los altavoces.
— ¡Oh no!
— Jajajajaja, es el karma Tom, por hablar mal de ellos, ahora te aguantas y escuchamos Green Day.

— Menos mal que ya llegamos— suspira él.

domingo, 23 de agosto de 2015

The Whisper: Capítulo 7

Capítulo 7

A las cinco y media los periodistas convocados a la rueda de prensa esperan en una sala del hotel.  El conferenciante no se presenta. Quince minutos más tarde,  tras varias llamadas sin contestar, el personal del Holiday Inn va a la habitación 134. A las seis y cuarto la policía de Tulsa está ya en la habitación.

—¿Qué tenemos?.
— Buenas tardes Inspectora, hombre blanco, cuarenta años, aparentemente ha sufrido un infarto saliendo de la ducha. Tenía convocada aquí en el hotel una rueda de prensa para las cinco y media.
—¿Una rueda de prensa?
—Si inspectora, al parecer la víctima investigaba a una fundación o algo así y según los periodistas que hay ahí abajo los había convocado para revelarles alguna información importante.

La inspectora Collins se acerca al cadáver, el pobre tipo está tirado en el suelo, su cara mantiene aun un rictus de dolor, y las manos están crispadas. Va a ser una cosa rápida, un caso de infarto es puro protocolo, peor será hacer todo el papeleo luego en comisaría. En cualquier caso esto le ha fastidiado ya la tarde del viernes. Se agacha y sin tocarlo observa más de cerca. Algo llama su atención, hay unas marcas casi imperceptibles en las muñecas, se aprecia la piel enrojecida alrededor de toda la articulación, como de haber estado… atado.

Detective, ¿ha visto esto?
—¿Qué cosa?— responde, mientras se agacha junto a la inspectora. 
— Aquí, estas marcas, en las muñecas, detective.
— ¡Ha estado atado!
— En efecto, y … miré, en los tobillos también las tiene, esto es algo más que un infarto. Hay que llamar a la científica — dice la inspectora Collins mientas se incorpora— y retenga a los periodistas de ahí abajo, quiero entrevistarlos. Localice si hay grabaciones de seguridad y si hay algún testigo que haya visto algo.
— ¿ Tenemos su documentación?
— Pues si, su billetera, y aparentemente está intacta sobre la cama, junto al traje. 
— ¿Y ordenador, teléfono móvil?
— No hay ordenador inspectora, ni móvil.
— Mmm, que extraño.


La inspectora Collins suspira, no solo la tarde del viernes, esto le acaba de complicar el fin de semana. Justo este fin de semana que se iba de excursión con su marido y los niños. No es que Tulsa sea Disneylandia, hay crímenes, pero un fiambre así en un hotel con signos de haber sido atado no se ve todos los días. A saber que ha pasado.¿Uno de esos juegos sexuales que acaban mal?. ¿Como se  he quedado frito? ¿Tenía una dolencia cardiaca? ¿Y su pareja en el supuesto juego, donde está? ¿Y sino ha sido eso, que ha sido? ¿Qué es eso de la fundación? El sonido de que el ascensor ha llegado a la planta baja la saca de sus pensamientos. 

A la vista de las personas que aguardan en el salón donde iba a celebrarse la ruede de prensa, tampoco es que aquello fuese un acontecimiento. Son solo media docena de periodistas. Solo le suena uno de ellos, Frank del Tulsa Today, los demás deben ser becarios de alguna agencia.

— ¡Hola Frank!
— Inspectora Collins.
— ¿Qué es lo que teníais organizado aquí?
— Oh, oh, Clare, yo no tenía organizado nada, un tal Nick Sanders era quien nos había citado aquí.
— ¿Que era tan importante para que Frank Clarkson en persona acuda a una rueda de prensa donde apenas hay media docena de becarios de agencia?
—  ¡Bloggers, son bloggers, bloggers por todas partes, en todos lados, son una plaga!, van a terminar dejándonos sin trabajo.
— Bueno bloggers, ve al grano.
— Pues ese tan Sanders como te digo nos había citado para, según el email que nos ha enviado, “ revelarnos un terrible hecho relacionado con la F.D.C.K. (*) que iba a estremecer al país".
— ¿La F.D.C.K?
— La Fundación para el Desarrollo de las Capacidades y el Conocimiento, tiene su sede en Boston.  
— No se que demonios es eso, parece una secta.
— Ni yo, Inspectora, hasta hace tres días cuando recibí el email de Clarkson.
— Pues ilústrame.
— Pues verás al principio me pareció que el tal Sanders era un lunático, un cospiranoico de esos que están de moda, pero cuando investigué un poco sobre la Fundación encontré …. ¡Un momento! ¿Qué hace usted aquí? ¿Y Sanders, dónde está?
— No puedo anticiparte nada, digamos que Sanders...no va a venir.
— ¡Ops! De repente me he quedado en blanco, ¿de qué hablábamos?
— Frank, no te hagas el tonto conmigo, nos conocemos hace años, si no quieres contármelo aquí me lo contarás en la comisaría.
— ¡Perfecto!, me encantará tomar un café, saludar a los viejos amigos y acogerme al secreto profesional.
— Joder Frank, ya tengo la tarde bastante complicada como para andarme con estas cosas. Busquemos un sitio tranquilo donde tomar un café en este hotel. Detective O´Neil— dijo alzando la voz— tome los datos al resto de asistentes y que se vayan. Ya los llamaremos si hace falta.

(*) F.D.C.K. : Foundation for the Development of Capabilities and Knowledge

domingo, 31 de mayo de 2015

The Whisper: Capítulo 6

Capítulo 6

No entiende que ha pasado, pero algo ha debido ir mal porque el tipo está muerto. Es la primera vez que le sucede algo así. Antes de que pueda reaccionar suena el teléfono, es el líder.
— Azrael, sal de ahí ya, y no dejes rastro de tu presencia.
— Si señor ¿Qué ha sucedido, he hecho algo mal?
—Ahora no hay tiempo, recoge cualquier cosa que comprometa a la Fundación y sal de ahí.
Ha colgado, la voz del líder ha sonado tensa, preocupada, hasta asustada diría. No hay tiempo, saca unos guantes de latex de su mochila, y se los coloca, ¿Por qué porras no se los habrá puesto desde el principio? Estaba en el protocolo, pero no los usaba, nunca le habían hecho falta. Desata y quita la mordaza al pobre tipo, pone la silla en su sitio y lo tumba sobre el suelo. Recoge la documentación que hay en el escritorio y también el portátil. Lo guarda todo en la mochila y sale  del edificio sin hacer ruido, llega hasta el coche y arranca.
Está confuso, que alguien muriese en uno de sus trabajos no es algo que el líder  le hubiese dicho nunca durante la instrucción que podía suceder.
La cabeza vuelve a dolerle. Intenta pensar en el siguiente paso , está seguro de que no ha dejado rastro de su presencia en el hotel, salvo un cadáver, claro. Un cadáver que el no conoce de nada ni con quien puedan relacionarle. 
Su última misión antes de regresar a Boston se suponía que era Jacksonville. Mientras el líder no diga otra cosa, mejor centrarse en acabar el trabajo.
Manipula el navegador del coche y calcula la ruta. Mil cien millas, eso le va a llevar día y medio de viaje. Mejor así, mientras conduce es como si no existirse el tiempo, ni los problemas, ni lo que ha vivido este último año y que le ha traído hasta aquí.

Hace un año el no era Azrael, ni trabajaba para el líder, ni para nadie en realidad. No era más que un marginado que se ganaba la vida entrando en casas ajenas y vendiendo los objetos que robaba. El no era un mal tipo, no había elegido como otros ex compañeros de la calle la venta de droga o la violencia. Pero el hambre te araña las tripas y agudiza el ingenio. Y el tenía un don especial, era capaz de percibir desde fuera si en una casa había alguien. Eso, y su habilidad para las cerraduras y las alarmas le había permitido entrar y salir siempre sin encontrarse con nadie ni tener problemas. Robaba siempre cosas que fuesen fáciles de vender, teléfonos móviles, relojes, algunas joyas y si había suerte a veces encontraba dinero en efectivo. Entrar sin ser visto, estar cinco minutos y salir.

Hasta aquella noche. Llovía a mares y llevaba ya dos meses fuera del negocio, sin nada que vender. La mala suerte había querido que entrase tiempo atrás en una casa que estaba vigilada por la policía. ¿Cómo iba a saberlo? ¿Como iba a imaginar que era la casa de un camello al que la poli estaba tendiendo una encerrona? Al salir lo estaban esperando. Una detención, un mes de prisión provisional y puesto en libertad por no tener antecedentes,  libertad condicionada a que no volviesen a pillarle, o le caerían cinco años. Pero sin recursos y con hambre, aquella noche pensó que aquel caserón de ladrillo tenía que ser un buen sitio donde conseguir algo de valor que le permitiese seguir tirando.  Entrar no fue muy difícil, escalar una verja, buscar una ventana, la puerta principal parecía demasiado imponente para intentar entrar por ella, y ya estaba dentro. Pero eso no iba a ser un robo más, se iba a convertir en el hecho que cambiaría su vida. 

Ensimismado en esos pensamientos da un vistazo a la pantalla, lleva setenta millas conduciendo y está pasando junto a un pequeño pueblo, de repente vuelve a su mente el recuerdo de hace unas horas. ¡Aquí es donde sintió una presencia tan intensa que casi pierde el control del coche! ¡Casi lo había olvidado! Tal vez sería bueno parar aquí y ver si el rastro sigue en la zona. Mira el reloj, las siete de la tarde, dentro de poco anochecerá, no ha comido nada en todo el día, lleva todo conduciendo cientos de millas y está muy cansado, decide parar. Deja la interestatal, en la salida que indica “Checotah”. A pocos metros a la derecha hay un pequeño hotel, es una buena opción para salir mañana temprano. Se registra, y sube a la habitación. Le apetece darse una duchas, pero está cansado, muy cansado, se tumba en la cama, un instante después está profundamente dormido.

miércoles, 28 de enero de 2015

The Whisper: Capítulo 5

Capítulo 5


—John querido, la niña y yo solo practicábamos un poco sus "habilidades".
— Deberíamos decírselo abuela.
— Se asustará, Emily.
—Emma, no puedo controlar ni impedir que lo hagáis, porque yo carezco de ellas, pero solo te recuerdo que esas "habilidades"como tu las llamas nos costaron peder a nuestra hija, y no quiero perder a mi nieta. No me gusta que utilicéis la telepatía, es peligroso, y lo sabes, lo sabéis.
Se lo diré, tiene que saberlo, abuela.
— No, Emil..
— Abuelo, siéntate, tenemos que hablar.
—¿Qué pasa Emily?
—No pasa nada John, es solo que...
—Creo que me han encontrado, abuelo.
Noto la sorpresa en el rostro de mi abuelo, y la preocupación, una honda preocupación. Casi dieciocho años cuidándome, vigilando que "Él" no me encontrase, y ahora le suelto esta bomba. Pero creo que es lo mejor, ocultarlo es demasiado peligroso, no puedo enfrentarme sola, sea lo que sea que me haya encontrado, a esta nueva situación.
—¿Cómo que te ha encontrado?, ¿Cuando?,¿Dónde?
—Hace un rato, cuando salía del instituto, ha sido muy rápido, pero he visto que alguien percibía mi presencia, y yo la suya, por supuesto. Ha sido muy breve, pero estoy segura, completamente segura. Luego ya no he sentido más su presencia.
—¿Qué opinas tú Emma?
—No lo se, estoy confusa, si ella dice que lo ha percibido, es así, la capacidad de Emily es superior a cualquier otra que haya visto, incluida la de nuestra Rachel, pero no entiendo como entonces no la han seguido hasta aquí. Cuando un rastreador encuentra una presa, ya no piensa en otra cosa que en seguirla y en cumplir su misión.
—¿Y que vamos a hacer Emma?.
— No lo se John, esto es algo que sabíamos que podía pasar desde hace años, Rachel nos avisó de que podía suceder, pero hasta ahora hemos estado tranquilos.
Bueno, si como dice Emily, ya no está siguiéndola, no creo que estemos en peligro, además son las vacaciones de primavera, tendrá una semana completa en la que Emily debería quedarse aqui, la granja está lejos de la ciudad y nosotros la protegeremos, como hemos hecho siempre— dice mi abuelo—ahora me voy a seguir reparando le entreplanta del granero.
¿Nosotros la protegeremos?, escucho a mi abuelo hablar, se que lo hace con con todo su cariño y la mejor intención; ¿pero como van a protegerme dos sexagenarios de que un rastreador venga a por mi?. 
Mi abuela y yo volvemos a quedarnos a solas.
—¿Abuela, crees qué mamá...?
—No lo se Emily, no se si murió, pero es demasiado tiempo sin saber nada, me resisto a perder la esperanza, pero la angustia de no tener noticias es casi peor que saber de verdad que le ocurrió.
—Vuelve a contarme lo que sabes abuela, por favor, necesito volver a escuchar el porque de todo esto, ahora que las cosas han cambiado, tal vez me ayude a entenderlo.
— Te lo he contado muchas veces Emily, solo se que tu madre , mi Rachel—noto la tristeza en su voz al mencionar su nombre— llegó un día hace 18 años, embarazada. Entonces vivíamos en Corpus Christi, tu abuelo trabajaba en la Base de la Navy.  Naciste allí y tan pronto tu madre tuvo fuerzas se marchó, nos dijo que para protegerte tenía que dejarte con nosotros, que te ocultásemos, y que intentaría regresar a por ti. Te pusimos mi nombre y mi apellido de soltera, para que no te pudiesen relacionar con ella. Volvimos a hablar varias veces por teléfono, y luego, justo un año después, en tu primer cumpleaños, la última llamada, diciéndome con voz angustiada que "Él" sabía que existías, y que vendrían  rastreadores a intentar llevarte, que te protegiésemos con nuestra vida. Luego nada, nunca volvimos a saber de tu madre. Para Entonces tu abuelo se había licenciado de la Navy, así que decidimos que lo mejor era dejar Texas y sin decir a nadie a donde íbamos, para que no dejar rastro, nos vinimos a la antigua granja de mis padres. Eso es todo Emily. Eso y que desde entonces hemos estado sin noticias de ella, ni de esos rastreadores. 
—Hasta hoy.


Continúa en capítulo 6

domingo, 25 de enero de 2015

The Whisper. Capítulo 4


Capítulo 4

A las cuatro y media en punto el rastreador llega al Holiday Inn de Tulsa, es un edificio de cinco plantas de color ladrillo. Deja el coche en un extremo del parking. Entrar por la puerta principal es demasiado expuesto. Coge la mochila, saca la Glock de 9 milímetros  y el taser de la guantera y los guarda en los bolsillos del tres cuartos de piel negra. Rodea el edificio, hay una puerta de servicio, tira de ella, ¡está abierta!
De ahí a la escalera y a la primera planta apenas tarda dos minutos, ya está frente a la puerta de la habitación 134. Pega el oído a la puerta, nada, cierra los ojos y escucha ,  nada, si, respiración, ruido de agua, está aquí. Saca una tarjeta magnética, pulsa un pequeño interruptor que tiene en la parte superior, una luz azul parpadea, la  introduce en la ranura de la cerradura, saca el móvil y abre una aplicación. Las luz roja de la cerradura parpadea a toda velocidad, diez, quince, veinte segundos, verde.
Gira con precaución el picaporte, empuja la puerta y entra sin hacer ruido, a la derecha está el baño. Cierra la puerta de la habitación, duda. Entrar al baño es arriesgado, demasiado vapor de la ducha, imposible darle una descarga empapado, puede ser mortal. Decide esperar en el dormitorio. Escucha cerrarse el agua, ahora se está afeitando, se tensa, prepara el taser, lo ha hecho otras veces, pero siempre es diferente, siempre puede surgir algún problema. 
Escucha como se abre la puerta del baño, se pega a la pared del dormitorio, el baño está en el pasillo y la habitación queda al fondo, no puede verlo. Lo oye avanzar, escucha su respiración, se lanza sobre el.

No lo ve venir, lleva una toalla liada en la cintura y otra en la cabeza con la que se seca el pelo y que le impide ver hacia los lados. Para cuando ve venir al tipo de color vestido con un chaquetón de cuero ya es tarde, siente una descarga, dolor, dolor, más dolor, cae al suelo, se desmaya.
Cuando vuelve en si está sentado en una silla, los pies y las manos atados con flejes de plásticos, de esos que usan los electricistas. le duelen todos los músculos del cuerpo, tiene tapada la boca con un trozo de cinta adhesiva. El hombre del chaquetón de piel le está ajustando algo a la cabeza, una especie de casco, se lo fija con una cinta por la debajo de la barbilla. Ahora está hablando por teléfono, no entiende lo que dice, está aun aturdido por la descarga. El hombre de color se acerca, le  coloca un antifaz, nota que manipula algo en el casco.

Da un paso atrás, El Líder tiene que hacer ahora su trabajo. El nunca le cuenta estos detalles, pero imagina que debe ser algo relacionado con la rueda de prensa  que el tipo de la toalla, al que ha dado la descarga, atado a la silla y al que ha colocado el transmisor tiene en cuarenta minutos.
El transmisor tiene dos luces en la parte de la frente, cambian de verde a rojo, Eso significa que la comunicación ha comenzado, tiene prohibido apagar o quitar el transmisor mientras la luz siga roja.  
Da una vuelta por la habitación, sobre la cama hay un traje gris aun envuelto en el plástico de la tintorería, a su lado una camisa y una corbata burdeos. la coge entre los dedos, seda, muy suave. El tipo de la toalla está balbuceando algo, solo entiende palabras inconexas, "secretos", "opinión pública", "amenazas". En el escritorio hay un portafolios abierto, deben ser los papeles para la rueda de prensa. Ve el membrete de la fundación, los guarda y cierra la cremallera, será mejor que se los lleve. De repente oye un grito silenciado por la cinta americana, se vuelve, el tipo de la toalla está agitando la cabeza frenéticamente, un momento después está soltando espuma por la boca, las luzces siguen rojas, ¿qué está pasando?, convulsiones, se agita como si estuvieran aplicándole descargas, más gritos, de las convulsiones la silla empieza a tambalearse, las luces siguen rojas, la silla cae de lado, el tipo se retuerce de dolor tumbado y atado aun a la silla, un grito desgarrador, de repente cesa todo, el cuerpo se relaja, el tipo no se mueve, las luces son verdes ahora. Se acerca, el tipo sigue sin moverse, le toma el pulso, nada. 
Está muerto.

viernes, 23 de enero de 2015

The Whisper: Capítulo 3

Capítulo 3

La granja está cinco millas al norte. Al principio la carretera atraviesa una zona de árboles, pero enseguida  desaparecen y a ambos lados de la carretera se extienden los campos de maíz. Una de las ventajas de vivir en Oklahoma es que puedes tener carné de conducir a los dieciséis, así que llevo más de un año ya viniendo por mi cuenta al instituto con la vieja camioneta. Pongo la radio, suena Blown Away, no, no es que no me guste Carrie Underwood, por supuesto, la adoro, y representa un sueño que yo aun no he conseguido cumplir, salir de este pueblo y vivir mi propia vida, como ha hecho ella. Pero si eres de Checotah sabes que su música va a sonar a todas horas en la radio local, así que saco de la guantera sin perder de vista la carretera el viejo discman que compré en un mercadillo y conecto la salida de audio a un entrada que yo misma he instalado a la radio de la camioneta. Green Day inunda el aire y grito "Oh Love" mientras avanzo rumbo a casa. Se me da bien los aparatos electrónicos, mi abuelo dice que —Esos cacharros te quieren Emily— y la verdad es que tengo maña para repararlos o modificarlos. Reduzco la velocidad y giro a la derecha, atravieso la entrada a la granja y recorro el camino que lleva a la casa. Me gusta sonido de la gravilla crujiendo bajo las ruedas. Son poco más de doscientos metros, llego a la casa, giro a la izquierda y aparco frente al granero. Escucho el ruido de una de esas pistolas de clavos de aire comprimido. Mi abuelo asoma la cabeza por la ventana de la entreplanta del granero.
Hola Emily.
—Hola abuelo, ¿qué haces ahí arriba?.
—Estoy reparando los tablones del suelo.
—Ten mucho cuidado, eso está muy peligroso, luego te ayudo.
Hola Emily.
—No te preocupes, puedo solo, ahora bajo, necesito más cartuchos para la pistola.
Hola abuela
—Vale, voy a ver a la abuela, digo.
Cojo la bolsa de los libros, la tartera del almuerzo y cruzo a la casa. Es una construcción de madera de dos plantas, pintada de azul celeste con los marcos de las ventanas en blanco. Un porche con dos escalones recorre toda la parte delantera. Subo los escalones, abro la puerta de la mosquitera y saludo alzando la voz .
—¡Ya estoy en casa!
—Aquí, en la cocina.
La cocina está a la derecha, dejo mis cosas en una silla y entro. Huele a salsa de tomate, a cebolla pochada y a orégano. 
—Mmm, que bien huele.
Mi abuela se vuelve con su delantal de cuadros rojos y blancos y se acerca a darme un beso. 
—Qué tal el instituto, ¿estaba buena la empanada?— me dice, mientras me coge de las manos la tartera y la pone sobre la encimera.
—Oh, riquísima, a Tom le ha encantado, casi me deja sin almuerzo.
Lo he sentido abuela, como tú me dijiste, como un destello de luz en mi cabeza.
—Tendrías que traer a tu novio a comer algún día.
¿Te ha visto, como ha sido?.
—No, es mi...da igual.
No lo creo, ha sido muy rápido, estaba en clase y de repente lo he notado, un destello, como un coche que te da las largas en plena noche y te deslumbra, y luego ha desparecido, no he vuelto a sentirlo. Me he asustado mucho.
—Toma, siéntate, te he preparado natillas de postre.
No te preocupes, si como dices ha desaparecido, no pasa nada, ha podido ser por cualquier otra cosa.
—¿Que otra cosa?, no puede ser otra cosa abuela, solo uno de ellos buscándome, no hay otra explicación.
Si viniese a por ti, no hubiese desparecido, y además, ya te lo he dicho muchas veces, El no sabe que estás aquí. Aquí estás a salvo, aquí...
—¿Ya estáis otra vez?
Entra mi abuelo, y la escena que observa, no por haberla visto otras veces, deja de sorprenderle, mi abuela está de espaldas, cocinando, y yo, sentada comiendo natillas, las dos en silencio.
—No estamos haciendo nada, querido.
—Si que estáis, usando la telepatía, la comunicación mental, o como quiera que le llaméis.


 Continua en Capítulo 4

miércoles, 21 de enero de 2015

The Whisper: Capítulo 2

Capítulo 2.

El rastreador ha salido muy temprano de Nashville, cuando enlaza con la interestatal W-40  son las seis y media  de la mañana. Tiene sueño, como siempre ha dormido mal, las pesadillas apenas lo dejan descansar. El café y las anfetaminas le hacen volver a la consciencia cada mañana. Tiene por delante nueve largas horas de coche hasta llegar a Tulsa. Se suponía que deberá ir hacia el sur, a Florida, a  Jacksonville, pero El Líder lo ha despertado a las cuatro de la madrugada para cambiar su itinerario.
Tres horas después ya está cerca de Memphis, se detiene en un area de servicio, llena el tanque y entra a tomar un café.
—¿Va a comer algo?— pregunta la camarera.
— Solo café, y un par de aspirinas, si tiene.—
Le sigue doliendo la cabeza, El Líder le dijo que es normal, que es parte del proceso, que pronto pasará y sentirá como nuca antes, pero esta hecho una mierda, se encuentra mal, y lleva ya una semana en coche desde Boston, maldurmiendo  en moteles y malcomiendo en bares de carretera, haciendo trabajos para El Líder.
Se traga las dos aspirinas y da un sorbo al café. Sabe a rayos, pero al menos le calienta.
Primero Washington, luego Cleveland y Louisville, y ahora rumbo a Tulsa. Y eso sin contar que tenía que arreglar lo de Jacksonville antes de regresar a Boston.
—¿Qué le debo?
—Uno con cincuenta, las aspirinas son regalo de la casa—grita la camarera por encima del ruido de la máquina de café.
—Gracias.
Deja un par de dólares en el mostrador, da un último sorbo al brebaje que ahí llaman café y vuelve a la carretera.
Ayer acabó pronto en Louisville, el tipo había dado poca guerra. En cuanto escuchó la voz del Líder empezó a llorar como una nena, prometió cumplir su misión y volver en verano a Boston para una sesión de refuerzo. Casi no tuvo que amenazarlo, una descarga de taser, ponerle el transmisor, reanimarlo y luego dejar que el Líder hiciese su parte. De manera que cuando acabó, cogió el coche y condujo en dirección a Jacksonville hasta que el cansancio le obligó a parar a las afueras de Nashville.
Tres horas más tarde,  suena el móvil, quedan 150 millas para Tulsa.
—Soy yo—la voz del Líder suena tan fría como siempre.
—Dígame señor.
—El objetivo está en el Holiday Inn, habitación 134, tiene una rueda de prensa a las cinco y media de la tarde, tienes que llegar antes y resolver el problema.
—No se preocupe señor, voy bien de tiempo, a las cuatro y media estaré ahí, a más tardar.
—Estaré esperando—y la comunicación se corta.
Hace buena temperatura para ser marzo, se relaja y se distrae contemplando el paisaje. Ha dejado atrás Little Rock y apenas le faltan un par de horas para Tulsa.
El campo está ya verde, el invierno no ha debido ser muy duro, y afortunadamente aun faltan meses para la temporada de tornados, así que Oklahoma parece una postal idílica y le transmite una sensación de paz que hacía tiempo no sentía. Le gustaría parar, bajar del coche y pasear por esas praderas, tumbarse entre el trigo y quedarse mirando al cielo, y olvidarlo todo. Pero no puede, se debe a su misión, y El Líder sería implacable con el si abandonase.
Ha decidido no parar a comer, ya tendrá tiempo cuando acabe el trabajo en Tulsa.
Cuando le quedan unas 70 millas según el navegador, de repente, sucede.
Es como una explosión. Como si su cerebro fuese un taiko japonés y una maza gigante lo hiciese vibrar de un golpe seco. Lo aturde, un trailer que lo adelanta en ese momento le da una pitada cuando ve que zigzaguea peligrosamente. Tiene que concentrarse para mantener el coche en su carril.
Cuando recupera el control, no entiende que ha pasado. Mira el GPS, son las tres en punto y la flecha azul que marca su posición señala un pequeño punto en el mapa, Checotah.

contínúa en capítulo 3