Capítulo 2.
El rastreador ha salido muy temprano de Nashville, cuando enlaza con la interestatal W-40 son las seis y media de la mañana. Tiene sueño, como siempre ha dormido mal, las pesadillas apenas lo dejan descansar. El café y las anfetaminas le hacen volver a la consciencia cada mañana. Tiene por delante nueve largas horas de coche hasta llegar a Tulsa. Se suponía que deberá ir hacia el sur, a Florida, a Jacksonville, pero El Líder lo ha despertado a las cuatro de la madrugada para cambiar su itinerario.
Tres horas después ya está cerca de Memphis, se detiene en un area de servicio, llena el tanque y entra a tomar un café.
—¿Va a comer algo?— pregunta la camarera.
— Solo café, y un par de aspirinas, si tiene.—
Le sigue doliendo la cabeza, El Líder le dijo que es normal, que es parte del proceso, que pronto pasará y sentirá como nuca antes, pero esta hecho una mierda, se encuentra mal, y lleva ya una semana en coche desde Boston, maldurmiendo en moteles y malcomiendo en bares de carretera, haciendo trabajos para El Líder.
Se traga las dos aspirinas y da un sorbo al café. Sabe a rayos, pero al menos le calienta.
Primero Washington, luego Cleveland y Louisville, y ahora rumbo a Tulsa. Y eso sin contar que tenía que arreglar lo de Jacksonville antes de regresar a Boston.
—¿Qué le debo?
—Uno con cincuenta, las aspirinas son regalo de la casa—grita la camarera por encima del ruido de la máquina de café.
—Gracias.
Deja un par de dólares en el mostrador, da un último sorbo al brebaje que ahí llaman café y vuelve a la carretera.
Ayer acabó pronto en Louisville, el tipo había dado poca guerra. En cuanto escuchó la voz del Líder empezó a llorar como una nena, prometió cumplir su misión y volver en verano a Boston para una sesión de refuerzo. Casi no tuvo que amenazarlo, una descarga de taser, ponerle el transmisor, reanimarlo y luego dejar que el Líder hiciese su parte. De manera que cuando acabó, cogió el coche y condujo en dirección a Jacksonville hasta que el cansancio le obligó a parar a las afueras de Nashville.
Tres horas más tarde, suena el móvil, quedan 150 millas para Tulsa.
—Soy yo—la voz del Líder suena tan fría como siempre.
—Dígame señor.
—El objetivo está en el Holiday Inn, habitación 134, tiene una rueda de prensa a las cinco y media de la tarde, tienes que llegar antes y resolver el problema.
—No se preocupe señor, voy bien de tiempo, a las cuatro y media estaré ahí, a más tardar.
—Estaré esperando—y la comunicación se corta.
Hace buena temperatura para ser marzo, se relaja y se distrae contemplando el paisaje. Ha dejado atrás Little Rock y apenas le faltan un par de horas para Tulsa.
El campo está ya verde, el invierno no ha debido ser muy duro, y afortunadamente aun faltan meses para la temporada de tornados, así que Oklahoma parece una postal idílica y le transmite una sensación de paz que hacía tiempo no sentía. Le gustaría parar, bajar del coche y pasear por esas praderas, tumbarse entre el trigo y quedarse mirando al cielo, y olvidarlo todo. Pero no puede, se debe a su misión, y El Líder sería implacable con el si abandonase.
Ha decidido no parar a comer, ya tendrá tiempo cuando acabe el trabajo en Tulsa.
Cuando le quedan unas 70 millas según el navegador, de repente, sucede.
Es como una explosión. Como si su cerebro fuese un taiko japonés y una maza gigante lo hiciese vibrar de un golpe seco. Lo aturde, un trailer que lo adelanta en ese momento le da una pitada cuando ve que zigzaguea peligrosamente. Tiene que concentrarse para mantener el coche en su carril.
Cuando recupera el control, no entiende que ha pasado. Mira el GPS, son las tres en punto y la flecha azul que marca su posición señala un pequeño punto en el mapa, Checotah.
contínúa en capítulo 3
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